Con motivo de la Mutesac 2025 pudimos asistir al estreno en Alicante de la obra Ya no queda nada de todo esto. Al llegar a la sala, bien nutrida de público, nos encontramos con una proposición que nos sumergió de inmediato en la columna vertebral sobre la que versa la obra.
El alma de un barrio empieza en una servilleta
¿Qué te gustaría que hubiese en tu barrio? Esta es la pregunta que te recibe al entrar a la sala para ver “Ya no queda nada de todo esto”. No es una pregunta retórica. El Colectivo Drift te entrega una servilleta de bar, como las de toda la vida, y un bolígrafo para que dejes por escrito tu deseo, tu anhelo para el lugar que habitas.
Mientras lo haces, el elenco recoge esas servilletas y las cuelga en unas cuerdas que penden del techo. Tus anhelos, y los de todos los desconocidos sentados a tu lado, se convierten literalmente en parte de la escenografía. A la vez, Ángel Perabá en un banco observa. Improvisa movimientos, imita gestos del público, buscando patrones en la gente que acaba de llegar.
Ya formas parte de la obra
El resultado es que, antes de que la obra “empiece” oficialmente, ya estás conectado. Ya eres parte de ella. Ya se ha establecido ese vínculo humano y esa reflexión colectiva. Esta conexión inmediata es el alma de la obra. Es el corazón latente de la propuesta del Colectivo Drift, una pieza que late con la sensación de pertenencia, con esa mezcla de nostalgia por lo que se desvanece y la urgencia de retener lo que aún queda. Más que una obra de teatro, es un acto de escucha profunda. Es la materialización de un alma colectiva.
El proyecto, encabezado por Inés Collado e Irene Doher, nace al abrigo del proyecto europeo ‘Interphono’, que conecta barrios de Madrid (Tetuán), París (Gennevillers) y Bruselas (Saint-Gilles). Pero el Colectivo Drift ha hecho de Tetuán el epicentro de un universo. Han salido a la calle, han puesto el micrófono y, sobre todo, han abierto el corazón para escuchar.
Los “retratos sonoros” del alma de Tetuán
El verdadero componente humano de esta obra reside en las voces de Ashley, Celio, Charo, Cristina, David, Flor y tantos otros vecinos. No son solo entrevistas; son “retratos sonoros”. Son el testimonio vivo de lo que significa “pertenencia”. Como se oye en la obra, pertenecer es “mirar a los ojos a alguien y verme reflejada en ellos, oír una canción, reconocer un paisaje”.
Este es un proyecto que da voz a las historias que no suelen llegar a los grandes teatros. Y esas voces nos hablan de todo:
- De la identidad atada a un lugar concreto: “si alguien que acabo de conocer me pregunta de dónde soy, pues yo digo de Franco Rodríguez, la parada de metro”.
- De la melancolía por el paso del tiempo: “la vida vuela”.
- E incluso de los sueños perdidos: “yo crecí con el privilegio de soñar… pero es que no sé en qué momento dejé de hacerlo”.
De Tetuán al mundo (y a nuestro propio barrio)
Aunque la investigación parte de la idiosincrasia de Tetuán —un distrito diverso, autosuficiente, un “pueblo absorbido por la gran ciudad”—, la obra nos interpela a todos. “Ya no queda nada de todo esto” se convierte así en un espejo. Nos enfrenta a la soledad, la nostalgia y la utopía de nuestras propias vidas urbanas, empezando por ese deseo que escribimos en una servilleta.
El título de la obra resuena como un lamento, pero el trabajo del Colectivo Drift (con Inés Collado, Ángel Perabá, Ana Rodríguez y Paula Varela en el reparto) se siente más como un acto de resistencia. Es un intento de decir: “Quizás ya no quede nada, pero nosotros estuvimos aquí. Escuchamos. Y esto es lo que soñamos”.

