Crítica de Maspalomas: un retrato íntimo sobre la identidad borrada

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El colectivo Moriarti (Aitor Arregi, Jon Garaño y Jose Mari Goenaga) regresó a la gran pantalla con Maspalomas. Tras el éxito internacional de La trinchera infinita y Handia, los cineastas vascos vuelven a sus orígenes más intimistas, cercanos al universo de 80 egunean, para plantear una pregunta incómoda y dolorosa: ¿Es posible verse obligado a volver al armario a los 76 años?

Sinopsis: del paraíso de la libertad a la cárcel de la norma

La historia sigue a Vicente (Jose Ramon Soroiz), un hombre de 76 años que vive la vida que siempre soñó en Maspalomas: días al sol, fiestas y placer sin ataduras tras romper con su pareja. Maspalomas representa para él un espacio de libertad antropológica, el lugar donde intentó recuperar la adolescencia que se le negó.

Sin embargo, un accidente inesperado trunca este paraíso hedonista. Tras sufrir un ictus y quedar inconsciente, Vicente despierta en San Sebastián, una ciudad que abandonó hace 25 años. Ahora, dependiente y con secuelas, se ve obligado a ingresar en una residencia de ancianos y a reencontrarse con su hija Nerea (Nagore Aranburu), con quien no tiene relación desde que él confesó su homosexualidad y dejó a la familia.

Análisis: el miedo y la identidad en las residencias

El punto fuerte de Maspalomas reside en su tesis central: la residencia como metáfora de un sistema homogeneizador. El guion, escrito por Jose Mari Goenaga , nace de una realidad periodística descorazonadora: muchas personas LGTBI que vivieron su sexualidad con libertad deciden ocultarla al ingresar en residencias.

La película explora cómo el entorno institucional tiende a borrar la identidad individual. No se trata solo de ocultar la orientación sexual, sino de cómo el sistema asume que los ancianos son seres asexuados, negando sus impulsos y tratándolos como niños. Vicente se ve empujado a ocultar una parte de sí mismo que creía resuelta, demostrando que, a veces, “nunca terminas de salir del armario”.

Un vínculo con ‘La trinchera infinita’

Aunque el tono es diferente, Maspalomas comparte ADN con La trinchera infinita. Ambas obras abordan el encierro psicológico y el miedo a “dar el paso”. Si en la anterior película el encierro era físico por la guerra, aquí Vicente es un hombre que se encierra en sí mismo ante un entorno que percibe hostil o indiferente.

El reparto de Maspalomas: un duelo de silencios y contrastes

  • Jose Ramon Soroiz (Vicente): Carga con el peso de la película a través de un punto de vista único y subjetivo. Su interpretación refleja la lucha interna de un hombre que, tras romper con las convenciones hace décadas, se enfrenta ahora a una “homofobia interiorizada” y al miedo a no ser aceptado.

  • Nagore Aranburu (Nerea): Interpreta a una hija herida que también vive en su propio “armario”: el de ser hija de un padre gay en un entorno conservador. Su arco dramático avanza desde el deber filial hacia la comprensión de la soledad de su padre.

  • Kandido Uranga (Xanti): El contrapunto perfecto. Xanti es el compañero de habitación de Vicente, un hombre heterosexual, viril y extrovertido que ha vivido en el privilegio de no tener que cuestionarse su identidad. La relación entre ambos evoluciona hacia un “matrimonio” de convivencia inesperadamente tierno.

    Aspectos técnicos y estreno

La película destaca por una apuesta visual cuidada, rodada en 35 mm bajo la dirección de fotografía de Javi Agirre Erauso. Con una duración de 109 minutos y hablada en euskera, Maspalomas aspira a cazar algún que otro Premio Goya con sus nueve nominaciones.

Maspalomas no es solo una película sobre la vejez LGTBI; es una reflexión universal sobre los “confinamientos psicológicos”, las identidades borradas y la fragilidad de las conquistas personales. Una obra necesaria que nos recuerda que la libertad, incluso al final de la vida, es un territorio que hay que defender a diario.

  • Crítica de Maspalomas
3.5

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