Tienes algo que no tiene nadie. Quizás esta es la frase que mejor resuma el paso de la película Sorda por el 28 Festival de Málaga. La película de Eva Libertad encandiló con una historia especial, repleta de alma. Nos encontramos ante una ópera prima de esas que golpean por dentro tras el visionado. El filme cuenta con varias escenas que erizan la piel y sacan a relucir todo el potencial del séptimo arte.
La escena del baile en la cocina de la película Sorda
Ante la luz cálida de una acogedora cocina, la pareja protagonista de Sorda se acerca a uno de los instantes más íntimos y conmovedores de la película. De fondo suena, “Neskaren kanta” de Verde Prato. La música emerge de fondo casi como un susurro; y, sin embargo, a pesar de su aparente delicadeza, pronto gana protagonismo para abrazar la escena con una fuerza que trasciende el mero sonido. Es un momento coreográfico y sensorial, en el que la barrera entre lo que se oye y lo que se siente desaparece.
Ángela, interpretada por la actriz sorda Míriam Garlo, y Héctor, a quien da vida Álvaro Cervantes, inician un sutil baile en el que el cuerpo de ella se acopla a la cadencia que él le transmite, como si ambos estuvieran reconociéndose de nuevo a través del tacto y la mirada. Aun cuando la canción se escucha, lo verdaderamente mágico es que su compás se filtra por la piel y los latidos compartidos. Esta coreografía silenciosa y sonora al mismo tiempo pone de manifiesto el pilar esencial de Sorda: la conexión profunda entre dos mundos aparentemente distintos, pero que se funden cuando la complicidad es sincera.
La perfecta fusión entre lo visual y lo sonoro
Mientras suena ese hipnótico estribillo “Papi, papi, tienes algo que no tiene nadie / Cuando me miras la boca se me corta el aire” pareciera que la letra de Verde Prato cobra vida en la expresión de Ángela y Héctor. El verso que evoca una “blanca luna” en el pecho y una luz prendida en la ventana, encuentra su eco en la forma en que Ángela y Héctor se contemplan, como si cada uno fuese la luz que ilumina la noche del otro. Esa “herida” que se menciona en la canción podría simbolizar la vulnerabilidad que ambos personajes cargan: el reto de comunicarse cuando el mundo no está del todo preparado para su relación, o los temores de Ángela ante la inminente maternidad y el esfuerzo que Héctor hace por comprender su universo.
El punto culminante llega con el reflejo en el espejo. Es un instante breve, casi fugaz, pero intenso. Ángela y Héctor, abrazados, detienen por un segundo el vaivén de su baile. Héctor comienza a signar la última frase de la canción, y la cámara nos ofrece el reflejo de este gesto en la superficie espejada. Es un doble plano cargado de simbolismo: no solo vemos la ternura en el rostro de Ángela, sino que comprendemos que Héctor está haciendo algo más que traducir palabras; está entregándose al lenguaje de Ángela, a su forma de ver el mundo. Esa “U” extendida al final es la llave que abre la puerta a una intimidad compartida, mucho más allá de la mera traducción de una letra.
Con un delicado juego de sonido directo y banda sonora, la escena consigue lo que pocas logran: nos sumerge en la verdad de un amor que atraviesa lo físico para arraigarse en lo sensorial. Ángela es una mujer fuerte y a la vez llena de dudas. La llegada de su hija sacude sus cimientos y los de Héctor, pero en este baile queda claro que hay un puente sólido entre ellos: la comunicación que fluye, a ratos con música, a ratos con signos, pero siempre con empatía.
Uno de los momentos más bonitos del cine español en los últimos meses
En Sorda, Eva Libertad dirige una de las secuencias más bellas y sensibles del cine español reciente. Este baile al ritmo de “Neskaren kanta” es un instante de pura poesía audiovisual, donde el lenguaje de signos se fusiona con el compás de una canción que parece hecha a la medida de Ángela y Héctor. No es solo una coreografía de cuerpos; es el latido de dos almas que se reconocen, unidas por una melodía que va más allá de lo audible. Cuando la escena termina, sentimos que hemos conocido un poco más el trasfondo de este amor, un amor que no se agota en las palabras, sino que se expande con cada gesto y cada mirada.

